Lejos del control territorial que ostentó hace una década, lo que queda del antiguo califato busca reactivar células dormidas. Apuestan a las emboscadas, asesinatos y atentados desde las zonas desérticas del este del país.
El mapa de la seguridad en Medio Oriente vuelve a encender las alarmas globales. Intentando salir del ostracismo absoluto, los remanentes de la organización terrorista Estado Islámico (ISIS) comenzaron a ejecutar un plan de reestructuración operativa para hostigar al nuevo gobierno sirio, abandonando las batallas frontales del pasado para volcarse de lleno a tácticas de desgaste asimétrico.
En su período de mayor apogeo, el grupo criminal llegó a comandar un ejército de aproximadamente 40.000 milicianos armados, imponiendo un régimen de terror sobre un vasto territorio repartido entre Siria e Irak, cuya capital operativa se estableció en la ciudad siria de Raqqa. En aquella época, la estructura se financió mediante la venta ilegal de petróleo extraído de los pozos bajo su control y mantuvo en vilo a Medio Oriente y Europa con sangrientos atentados. Sin embargo, la ofensiva de fuerzas aliadas diezmó sus capacidades, reduciéndolos hoy a pequeños reductos clandestinos ubicados en el este del territorio sirio.
Analistas internacionales advierten que, aunque sus capacidades actuales son limitadas, la difusión de nueva retórica en plataformas digitales busca reclutar voluntades de forma inmediata.

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