En Argentina y en el mundo se multiplican las restricciones al uso del celular en el aula frente a la caída de la atención y el rendimiento escolar. Sin embargo, los primeros estudios muestran efectos mixtos y reabren la discusión sobre cómo medir realmente los resultados.
La escuela frente al celular: entre la regulación y la evidencia en disputa
En la Argentina y en distintos países del mundo, el uso de celulares en las escuelas se convirtió en uno de los debates más intensos del sistema educativo. La preocupación por la falta de atención en clase, el bajo rendimiento y la hiperconectividad llevó a gobiernos y jurisdicciones a implementar restricciones cada vez más amplias.
La Ciudad de Buenos Aires fue pionera en el país con una regulación vigente desde 2024 para los niveles inicial, primario y secundario, tanto en escuelas públicas como privadas. Luego se sumaron provincias como Buenos Aires, Neuquén y Salta, en una tendencia que se replica a nivel global. En paralelo, países como el Reino Unido avanzaron incluso con debates sobre limitar el acceso de menores a redes sociales.
El diagnóstico de base es claro: las pantallas compiten directamente con la atención de los estudiantes. Según especialistas, los dispositivos están diseñados para captar el foco cognitivo mediante notificaciones, sonidos y estímulos constantes, lo que dificulta sostener la concentración en el aula.
Datos de las pruebas PISA 2022 ubican a la Argentina, Uruguay y Chile entre los países con mayor nivel de distracción por uso del celular en clase, entre más de 80 sistemas educativos evaluados. Sin embargo, el problema no se agota dentro del aula, sino que también refleja hábitos digitales extendidos fuera de la escuela.
En este contexto, comenzaron a aplicarse distintas estrategias: desde la recolección de celulares en cajas hasta sistemas de bloqueo físico durante la jornada escolar. Incluso surgieron iniciativas privadas como fundas con cierre magnético que impiden el acceso a aplicaciones durante el horario de clase.
Aun así, la evidencia científica sobre el impacto real de estas medidas es todavía limitada. Estudios recientes, incluyendo investigaciones en el Reino Unido y Estados Unidos, muestran que las restricciones logran reducir el uso del celular en el aula, pero no necesariamente mejoran de forma consistente el rendimiento académico.
En algunos casos se observan efectos neutros en las calificaciones, y en otros mejoras leves en materias específicas como Matemática. También se detectan efectos secundarios en la convivencia escolar, con aumentos iniciales de conflictos disciplinarios que luego tienden a estabilizarse.
Para especialistas en educación y neurociencia, el punto central no es únicamente prohibir o permitir, sino entender cómo gestionar la atención en un entorno atravesado por la tecnología. En ese sentido, advierten que el celular no es solo una herramienta, sino un dispositivo diseñado para disputar constantemente la atención.
El debate también incorpora una dimensión clave: la edad. Mientras algunos expertos plantean postergar el acceso pleno a smartphones hasta los 13 o 14 años, otros advierten que una prohibición absoluta puede profundizar desigualdades, especialmente en contextos donde el celular es el único dispositivo disponible.
En paralelo, crece una idea de consenso: las políticas escolares no pueden ser universales ni rígidas. La realidad de cada institución, su infraestructura tecnológica y el contexto socioeconómico de los estudiantes condicionan el impacto de cualquier medida.
Más allá de las restricciones, el foco comienza a desplazarse hacia la educación digital: cómo enseñar a usar la tecnología, cómo gestionar la atención y cómo convivir con dispositivos que ya forman parte estructural de la vida cotidiana.
El desafío, según los especialistas, no pasa solo por sacar el celular del aula, sino por decidir qué lugar ocupará en el proceso educativo y qué habilidades deberán desarrollarse para enfrentar una realidad cada vez más atravesada por pantallas.

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