El secretario del Tesoro, Scott Bessent, anticipó sanciones sin precedentes que apuntarían a compradores de petróleo como China. Analistas advierten que Teherán optará por escalar antes de capitular.
Frente a un escenario de alternativas bélicas acotadas, la administración de Donald Trump redobló su estrategia de cerco financiero contra Irán, una nación que ha resistido más de cuatro décadas de sanciones internacionales y que no muestra señales de ceder.
A lo largo de los 47 años transcurridos desde la Revolución Islámica de 1979, el país persa ha moldeado su economía para absorber los embates de Washington. Tras la salida estadounidense del acuerdo nuclear en 2018, la Casa Blanca retoma la doctrina de «máxima presión». En ese marco, el titular del Tesoro, Scott Bessent, adelantó medidas «nunca antes vistas», las cuales incluirían fuertes sanciones secundarias a países como China y penalizaciones severas al circuito bancario.
Sin embargo, especialistas como Danny Citrinowicz remarcan que, si bien la estructura económica iraní enfrenta serios problemas, «no está colapsando» y es altamente probable que el régimen profundice los ataques a aliados regionales antes que retroceder. En paralelo, Teherán sostiene su presencia en el estrecho de Ormuz, donde el tránsito marítimo ya se redujo más de un 90 por ciento. Por su parte, el vocero de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, desestimó los anuncios al asegurar que las medidas no tendrán efecto alguno.
Como resumió Suzanne Maloney, experta de la Brookings Institution, el éxito de esta política dependerá de si la resistencia estadounidense supera a la capacidad de adaptación desarrollada por el régimen persa.

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