El pan dulce anular, símbolo de la celebración, llegó de la mano de inmigrantes italianos y españoles para quedarse definitivamente en nuestras panaderías.
Si hay un producto que define el cierre de la Semana Santa en nuestro país, es la rosca de Pascua. Aunque hoy la sentimos propia, su génesis se encuentra en las recetas del Viejo Continente que cruzaron el océano a finales del siglo XIX.
Los inmigrantes trajeron las bases de esta masa leudada y la adaptaron a la disponibilidad de materias primas en suelo argentino. Con el correr de las décadas, la elaboración dejó de ser exclusiva de las panaderías para instalarse en el corazón de las casas. Al igual que sucede con el pan dulce durante las fiestas de fin de año, la rosca se consolidó como el centro de la merienda del Domingo de Resurrección, simbolizando la vida y la unidad familiar.
Hoy, este panificado es una pieza fundamental que une a los argentinos con sus raíces inmigrantes a través del sabor.

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